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sábado, 13 de febrero de 2021

LA CULTURA ES PELIGROSA




Como algunos temían, el gobierno regional ha vuelto a hacer lo fácil y cómodo: seguir manteniendo la cultura cerrada a cal y canto. Los bares y restaurantes, no, esos pueden ya reabrir, con algunas limitaciones, pero abren y en seguida se han lanzado casi todos a disfrutar del regalo. Nadie, desde ese gobierno, ni tampoco sus acólitos del partido gobernante, quieren responder a la gran pregunta: ¿por qué es dañino o peligroso para la salud estar sentado en la butaca de un cine o un teatro, con la mascarilla puesta, separado a considerable distancia del espectador más próximo y no lo es estar igualmente sentado en una mesa con otras tres personas al lado, todos cuatro sin mascarilla. Como es inexplicable, nadie puede salir a la palestra a explicarlo. De manera que en Madrid, Valencia e incluso en Soria, las gentes de esas ciudades pueden ir al cine o al teatro, y en Cuenca no. Con esa actitud retrógrada, el gobierno regional demuestra una vez más lo que todos sabemos y algunos nos atrevemos a decir de vez en cuando: alergia, aversión, a todo lo que significa cultura o sea, pensamiento. Más vale que la gente no vaya a sitios tan peligrosos en los que pueden atreverse a pensar y tener ideas propias. Hay que tener también en cuenta otras consideraciones que a mí se me ocurren. De un lado, el pánico que sienten ante las actitudes beligerantes de los hosteleros, que levantan la voz, se manifiestan en las calles, rompen platos, exhiben pancartas. El gobierno de Fuensalida les teme y, por tanto, agacha la cabeza y cede a la presión. En cambio, en el sector de la cultura nadie levanta la voz. Todos achantados por si acaso murmuran un poco y se quedan sin las subvenciones oficiales. Siempre ha sido así, no hay nada nuevo bajo el sol.

sábado, 26 de septiembre de 2020

UN APERITIVO DE ROBERTO POLO

 


            Ya casi no nos acordábamos de que el año pasado (ha pasado tanto tiempo y la memoria es tan frágil) debió haberse abierto en Cuenca un espacio destinado a recibir una parte considerable de la Colección de Roberto Polo, distribuida aproximadamente a medias entre Toledo y Cuenca. La sección toledana sí se abrió al público pero no ocurrió lo mismo con la de Cuenca, entorpecida por una desdichada maniobra que el Ayuntamiento no fue capaz de sortear ni resolver. No me atrevo a aventurar qué solución definitiva se dará a este caso, pero por lo pronto, y como un aperitivo de lo que pueda ser el futuro festín, ha aterrizado entre nosotros una primera avanzadilla de la Colección. Se encuentra instalada en la Casa Zavala, tiene el título de Retratos imaginarios y presenta una considerable colección (252 cuadros) con la firma de Pierre-Louis Flouquet (1900-1967), uno de los pioneros de las vanguardias artísticas en Europa, que cultivó todas las técnicas pictóricas, entre ellas el dibujo a tinta.

            Del total de obras que comprende la Colección Roberto Polo (700), se expone en Cuenca una apretada selección que cubre todas las paredes de la Casa Zavala, formando un curioso y extraordinario papel de retratos imaginados por el artista (solo uno es real, el del pintor uruguayo Joaquín Torres García), en lo que no se sabe si sorprende más la maestría y seguridad del trazo, en el que no faltan toques de amable ironía, con inspiración caricaturesca, o la variedad de expresiones recogidas con tal firmeza que en verdad parecen retratos realistas.

            Hasta el 31 de diciembre puede visitarse esta exposición, pionera con la obra del coleccionista Roberto Polo. Quizá mientras podamos recibir alguna noticia firme sobre lo que espera al resto de la obra pensada para Cuenca.

lunes, 14 de septiembre de 2020

MÚSICA EN LA CATEDRAL

 

                              

Como si hubiéramos vuelto a los orígenes de la civilización cristiana, cuando las iglesias y catedrales eran el punto de referencia para la vida social de la colectividad humana asentada en ese lugar, también ahora, en esta situación excepcional que vivimos, cuando la sociedad civil parece inmersa en una atonía preocupante (no en todo, sí en materia de cultura), como antaño, la catedral es el único lugar que abre sus puertas, con todas las medidas de precaución que se nos repiten machaconamente, pero las abre y así por lo menos de vez en cuando encontramos un resquicio por el que poder respirar al compás de la música.

 Que es, como se puede imaginar, religiosa, pero no estrictamente religiosa. Por ejemplo, la de este sábado, bien podrían pasar por un encuentro amigable y elegante en un salón palaciego, en el que un grupo de músicos interpreta alegres melodías, de las que ayudan al sosiego del alma e incluso a danzar acompasadamente. En el improvisado escenario, con el Arco de Jamete de fondo (ahora estrenando el Ecce Homo que ha sido devuelto al parteluz) y los espectadores distribuidos de manera estratégica en los sectores del crucero, los Ministriles de Marsias pusieron sonidos cargados de emoción, belleza y armonía, para recrear el ambiente musical propio de épocas pasadas, entre los siglos XV y XVIII, con un saludable repertorio de pavanas, jerigonzas, tientos, tonadas palaciegas, canciones y también, por supuesto, alguna melodía religiosa, sin que faltara entre unas y otras el impresionante sonido del órgano para hacer contrapunto a corneta, chirimía, sacabuche, bajón y bajoncillo, apasionante y divertida mezcolanza de sonidos y ritmos. Divertida, digo, que parece un calificativo poco apropiado para un concierto, pero es que este lo fue y esa, entre otras muchas, fue una de sus virtudes, para consuelo de quienes allí acudimos y echamos de menos otra oportunidad como esta.