Este árbol singular, de extraordinaria
apariencia, es un quejigo, variedad del roble (Quercus faginea) que se
encuentra al margen de la carretera, unos pocos metros antes de llegar a
Pajares. Esbelto en altura, con un amplio ramaje distribuido alrededor del
tronco hueco, alcanza una circunferencia de 6 metros y 15 metros en la copa
desplegada a una altura de 18 metros. Alzado en limpio aislamiento, su imagen
solitaria impresiona desde la distancia y más en la cercanía. Aunque se
desconoce su edad exacta, sí parece claro que es un árbol centenario.
El tronco es muy grueso y presenta una gran
oquedad interior, probable resultado de alguna enfermedad que, sin embargo, no
afecta a la hermosa apariencia del conjunto.
Nadie parece recordar el origen de esta
denominación que ha tomado carta de naturaleza en Pajares y en sus alrededores.
Situado en una finca de labor, el roble centenario es propiedad del pueblo por
uno de esos ajustes hechos en tiempos remotos, cuando era posible alcanzar
acuerdos verbales sin necesidad de caer en manos de la burocracia, decisión que
finalmente confirmó la concentración parcelaria, delimitando un espacio público
en torno al árbol.
Desde tiempo inmemorial, las gentes del lugar
acudían a este paraje a descansar bajo su sombra, mientras las yerbas
inmediatas servían de sestero para las ovejas. Cuentan que durante la guerra
civil se cortaron sus ramas para hacer leña con que calentar a todo el pueblo,
pero por muy grande que pudiera ser el daño, lo cierto es que el árbol pudo
recuperar su frondosidad natural. También hay algún relato, entre cierto y
fantasioso, que refiere algunos problemas si alguien se refugiaba bajo las
ramas en tiempo de tormenta y caía un rayo sobre el tronco.
