Una de las características
que mejor definen a la ciudad de Cuenca es su capacidad para adaptarse a todo
lo que se coloca en las calles, donde pueden permanecer indefinidamente, aunque
haya perdido su utilidad, pero como nadie se preocupa de retirar lo que ya no
sirve, ahí se queda, por los siglos de los siglos. El caso más llamativo ya lo
he comentado alguna vez, el de los relojes-termómetros que no miden nada ni
sirven para nada pero ahí están, en las calles de la parte moderna de la
población, estorbando inútilmente. Algo similar ocurre con este bonito cartel
situado a la entrada del puente de la Trinidad, que advierte, nada menos, de la
existencia y funcionamiento de cámaras que vigilan el acceso de vehículos no
permitidos. Este invento, que funcionó cuatro días hace ni se sabe cuántos
años, fue suprimido, por inútil e innecesario, puesto que no había nadie para
recibir los avisos de posibles infractores. Desaparecieron las cámaras pero el
cartelón ahí está. Como esta es una ciudad (sus habitantes) cargados de
paciencia y acostumbrados a las cosas del benemérito Ayuntamiento que nos
cuida, nadie hace el menor caso y tampoco los visitantes, acostumbrados ya a
estas minucias conquenses. Podríamos hacer una apuesta: ¿hasta cuándo
permanecerá ahí ese cartel antes de que alguien caiga en la cuenta de
retirarlo? El año que viene por estas fechas volveré a recordar este
comentario.

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