Terminó la Feria del Libro y llega la hora de desmontar todo el tinglado que durante seis días ha ocupado la Plaza de España y la calle inmediata en que se montó el escenario para actuaciones. Parece haber una coincidencia generalizada en que las cosas han ido muy bien, salvo los dos periodos de lluvia que llegaron a tiempo de estorbar la fiesta, aunque los optimistas pueden recordar que ha habido años peores. En este, los libreros han quedado muy satisfechos, porque la mayoría ha hecho caja sustanciosa, que al final es de lo que se trata, porque todo eso de la cultura, la lectura y demás está muy bien, pero si llegan con la compañía de unos cuantos y sabrosos euros, mejor que mejor. La gente, el público, ha respondido también satisfactoriamente y el recinto ferial ha estado a rebosar, con pequeños y mayores pululando entre las casetas y haciendo cola para la firma de ejemplares. En la parte negativa hay que anotar el triste espectáculo del ruinoso edificio del mercado, sirviendo de telón de fondo al espacio ferial y también el problema, que ya se apunta, de que ese mismo espacio se ha quedado pequeño, porque no permite que se pueda incrementar el número de expositores que quieren participar. Quienes pueden deberían empezar a pensar en estas cosas para que la Feria no decaiga y, mucho menos, se escape de las manos.

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