Hay tantas noticias preocupantes sobre la situación del patrimonio edificado que cuando llega una buena y positiva es conveniente airearla. Es lo que ocurre con las obras que acaban de comenzar para rehabilitar y acondicionar el Edificio Iberia con destino a servir de sede a la delegación provincial de la Junta de Comunidades. Se trata de uno de los más valiosos edificios de los que integran el reducido catálogo arquitectónico moderno de Cuenca y que está a punto de cumplir cien años desde su construcción.
El
edificio fue diseñado para ser el primer gran hotel de Cuenca, que entonces no tenía
ninguna instalación de ese tipo y fue un proyecto de desmedida ambición para
las posibilidades reales de la ciudad y por ello el propósito quedó incumplido,
al no poder su promotor edificar más que sólo una parte del diseño inicial.
Pero no solo fue el aspecto constructivo el que quedó incompleto: también lo
fue el objetivo directo de proporcionar a la ciudad una instalación hotelera de
primera categoría, rozando el lujo, propósito ciertamente exagerado para la
época.
En esos
momentos, existía en Cuenca dos pequeñas instalaciones para alojamiento de visitantes:
el Hotel Iberia, situado en Carretería y el Hotel Madrid, en la calle
Cervantes. La construcción del edificio fue promovida por Joaquín
Belinchón, al frente de un grupo de socios minoritarios, siguiendo los
parámetros de los locales similares de lujo existentes en otras ciudades, como
Madrid. El proyecto fue encargado a un arquitecto ya prestigioso, Luis Sainz de
los Terreros y García de Bárcenas (Santander, 1876 / Madrid, 1936), autor de
obras como el Círculo de la Unión Mercantil e Industrial o la remodelación de
la antigua fábrica de Cervezas El Águila, ambas en Madrid y que diseñó un
hotel, inicialmente denominado Gran Hotel, en estilo neorrenacentista,
estructurado mediante una planta rectangular en esquina, con fachadas a dos
calles, siendo la mayor a Cardenal Gil de Albornoz con otro sector más pequeño
al Parque de San Julián. El diseño inicial comprendía una construcción el doble
de la que finalmente se ejecutó, lo que proclama la ambición que animaba a sus
promotores, si bien la realidad vino a desmontar semejante sueño, para dejarlo
en lo que ahora vemos.
El Gran Hotel
fue inaugurado el 13 de abril de 1927. Los folletos informativos de la época y
los anuncios publicitarios exponían al público las numerosas novedades que
aportaba la instalación, como un amplio salón de lectura, timbre en todas las
habitaciones, baño completo con agua caliente, cuarto oscuro (para el revelado
de fotografías que pudieran hacer los viajeros), cafetería y terraza exterior,
restaurante con un suntuoso repertorio de platos, coches para la recogida y
traslado a la estación, etc. Los promotores iniciales, que no tenían mucha experiencia
en este tipo de negocios, traspasaron pronto la propiedad a alguien que sí la
tenía, Emilio Moya, que añadió su propio apellido al nombre del hotel.
El proyecto hotelero se quebró con la muerte del propietario y la llegada de la guerra civil, que dio al traste con todo. Después de la guerra, el edificio pasó a ser propiedad del Banco Hispano-Americano que situó en la planta baja sus oficinas, mientras arrendaba el resto del inmueble al ministerio de Agricultura para la sede del Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario (IRYDA). Luego quedó sin uso y 1985 lo compró la Junta de Comunidades por 150 millones de pesetas; en 2001 lo cedió a la Caja de Castilla-La Mancha que lo acondicionó para situar una sala de exposiciones en la planta baja y oficinas en las superiores.
Lo que
pasó después lo tenemos reciente. Hasta ahora en que la Junta vuelve a retomar
el proyecto de situar aquí la delegación provincial, tras la conveniente
reforma que ha sido adjudicada al estudio de Arquitectura Mota-Vignolo. Con ello la ciudad volverá a
recuperar el pleno disfrute de uno de sus edificios más emblemáticos de la
parte moderna. Y que podrá celebrar satisfactoriamente la fiesta de cumplir
pronto cien años de vida.
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